El día de hoy nos ha sorprendido en las inmedicaciones de una gran estación de tren de Madrid, esperando, cómo no, un taxista piadoso con gran corazón y ganas de dar una turné por toda la ciudad para dejarnos a las cuatro.
La noche blanca se ha convertido, de repente, en la noche de plástico. En un segundo, justo cuando la noche debía saber solo a ron y a música, todo se ha sometido, integralmente, a un único examen: El de la realidad. Y nada de lo que teníamos alrededor lo ha pasado con un cinco.
Yo creo que somos nosotras. Lo curioso es que nos hemos dado cuenta a la vez de que ése no era nuestro sitio. Ni por estilo, ni por edad (estaban nuestras mamás ligando con nenes que acaban de salir de instituto), ni por nada.
Cinco de la mañana y olía a churros y a deseperanza. Nos hemos convertido en treintañeras no ubicadas, con deseos irrefrenables de encontrar a alguien, pero ojo, no un alguien de anillo y niños, sino alguien con conversación, alguien divertido, alguien amable, alguien con morbo, alguien deseable, alguien con quien acabar la noche haciendo el amor en un coche o alguien con quien comenzar una gran historia de amor. La amplitud del abanico es bastante poco mejorable.
Y sí, las cuatro nos hemos sumido en un estado de apatía generacional que da miedo.
Es lo que he tratado de explicar a mi amiga. Yo salgo porque me apetece, porque me apetece compartir la noche del sábado con ellas, porque me apetece bailar, y reir, y aprender y compartir. Y claro que me apetece conocer gente, y ligar, y poner mis ojitos medio cerrados y arrugar la nariz para repartir magia. Y claro que salgo con la ilusión de volver henchida, por algo, alguien y no solo el alcohol. No sé. Las cuatro, en un momento, hubiéramos cambiado el frío y la espera del taxista piadoso por besos en el cuello y sexo a destajo. Y cariño.
Pero no. Este sábado ha valido para tachar la discoteca con pases vip de la lista de opciones de fin de semana. Y nos he hecho, a mí por lo menos, un poquito mayor de lo que soy ya. Y me ha hecho correr hacia donde creo que no debo, a unos sueños la mar de placenteros con quien creo que me está robando el alma.

Y el taxista piadoso se ha olvidado de nosotras.