El día de ayer tampoco fue para tanto. Dormí todo lo que no había dormido el viernes y se me cayeron las horas por el desagüe. Así es que, aunque fuera un poquito, mi sábado tuvo que vestirse de fiesta para no terminar abortado en la agenda. En esas estaba yo, preparándome, cuando descubrí que mi labio superior lucía un color un tanto particular, tirando a morado.
Morado. Tengo un morado en el morrito, arriba, enorme, que ocupa la mitad entera de mi sonrisa superior. Mañana es lunes y no quiero que se note, y no lo voy a poder remediar si no es vistiéndome de siniestra, con lo que pueden alucinar.
No me entiendo muy bien. Llevo tanto tiempo, tantos meses sin sentir absolutamente nada, sin ganas de nada, entregándome a tantos detalles tontos, a tantas palabras tontas, a tantos sueños tontos, que ahora, ahora que empiezo a despertar, que se me han despertado las ganas... no me concentro y terminan haciéndome un morado en el morrito.
- "Tenemos que pensar qué hacemos...
- No me digas eso tú también, que después de lo de ayer con la rubia
- ... con este cansancio existencial"
Y yo, disfrutando del momento más especial del fin de semana, sabiendo que era el más especial, con calor en el cuerpo, el alma encendida, todo en fosforito.
Todo esto, desde fuera, se me tiñe de una injusticia brutal. Apaleada por una historia terrible, llena de heridas, tengo la enorme suerte de conocer a alguien que me ha abierto el alma en dos, que me ha encendido todos los motores otra vez, la sonrisa, la alegría, las ganas de bailar, las de empezar otra vez, el sexo...
Apaleada sin besos, sin ternura. Apaleada sin confianza, sin detalles, sin amor, me encuentro con alguien que lo reúne todo, que lo regala todo, que me hace volver la cabeza y sonreir, todo en uno. Que me bailan las emociones a la altura del ombligo y pego grititos cuando estoy sola...
Apaleada por una historia llena, llenita de infidelidades, y yo deseando que ese alguien cometa una conmigo. Y sé que no. Y tengo que refrenarme, tengo que dejar de pensar que pienso todo el rato en él. Pero es tan injusto... Seis años de tristeza, y de repente parece que huele a felicidad. Y chocamos en medio del pasillo y esa sonrisa permanece. Y no hago más que soñar, y soñar. Sé que no.
Y mi labio morado por besos que no son suyos. Y un teléfono en la agenda, y un café en el aire con un chico encantador, un bailarín curioso que habla de auras y sonrisas, que quedó eclipsado por una sonrisa de una niña que parecía un niño.
Y este domingo no me encuentro en mi piel. Voy a desnudarme y reflexionar. Me gustaron los besos de un extraño, tengo todos los rincones de seis años mal amueblados de besos que no llegaron y cada beso que colecciono lo encumbro, lo adoro. Me gustó bailar con un chico guapo que me besaba y me hacía suya, pelándose con la mirada con otros chicos que misteriosamente estaban a mi lado (no sé qué pasó esa noche...) Pero por la noche, de vuelta a casa, pensaba en él, en los dos besos en la mejilla debajo de la bandera, en los segundos de reflexión seguidos a su "dame dos besos" (¿seguirá oliendo mi perfume? ¿Le gustarán los labios húmedos? ¿me pongo de puntillas y llego?)
Y él compartiendo su vida con un ángel, con una muñeca preciosa que le adora.
He vuelto a dormir sola. Sola con mi desnudez, rodeadita de almohadas, con la ventana de mi habitación semiabierta, el frío de casi octubre entrando ya...
